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Pequeña, Madre, Abuela

Pequeña, Madre, Abuela

  • Año de edición 2025
USD $ 24,14

Abuela canta cuentos, cuenta canciones. Sus dedos son como ramas que bailan y tejen los personajes de sus historias, que se quedan trenzados en la colcha. Ya casi no caben más cuentos en la colcha… —Un, dos, tres —murmura Abuela, contando mientras teje—. Un, dos tres, mi niña, mi amor, mi palomita. Un, dos, tres, Pequeña, Madre, Abuela. Un, dos, tres, nosotras tres, mi vida. Un, dos, tres, las tres que somos todas. Un cuento que es un homenaje de dos nietas a su abuela, un canto a la transmisión generacional y al legado de las mujeres, que mantiene viva la sabiduría popular.

Abuela canta cuentos, cuenta canciones. Sus dedos son como ramas que bailan y tejen los personajes de sus historias, que se quedan trenzados en la colcha. Ya casi no caben más cuentos en la colcha… —Un, dos, tres —murmura Abuela, contando mientras teje—. Un, dos tres, mi niña, mi amor, mi palomita. Un, dos, tres, Pequeña, Madre, Abuela. Un, dos, tres, nosotras tres, mi vida. Un, dos, tres, las tres que somos todas. Un cuento que es un homenaje de dos nietas a su abuela, un canto a la transmisión generacional y al legado de las mujeres, que mantiene viva la sabiduría popular.
  • Isbn
    978-84-18972-83-6
  • Peso
    0.43 kg.
  • Tamaño
    24 x 28 cm.
  • Número de páginas
    40
  • Año de edición
    2025
  • Edición
    1
  • Encuadernación
    Rústica
  • Referencia
    AKI10101
  • Colección
  • Código de barras
    9788418972836
Ana Sender

Ana Sender

Autor

Lloró por primera vez hace cuarenta años, en una ciudad de la periferia de Barcelona.

Un tiempo después olvidó cómo llorar y cómo hablar. Lo que sí recordaba era cómo dibujar, así que dibujaba las palabras que no le salían y las lágrimas y los gritos que se había tragado. Y también soles, brujas, casas, princesas y monos.

Eso fue hace mucho tiempo y ahora solo se olvida de hablar a ratos y ha aprendido a llorar de muchas maneras diferentes. Incluso ha inventado algunas nuevas, por ejemplo haciendo el pino.

Un día descubrió que podía ir a una escuela para aprender a ser ilustradora y se tiró de cabeza. Era una escuela mágica, cree. Así que aún dibuja y ahora también lo hace para ganarse la vida.

Empezó diseñando estampados para ropa, pero ahora lo que más hace es ilustrar cuentos e incluso a veces se atrevo a escribirlos.

También dibuja para llorar, cuando no le sale, o para hablar, cuando no encuentra las palabras. Muchísimas veces lo hace para jugar.

Le gusta cuando se inunda la casa y hay que improvisar barcas con los muebles.